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Poco habíamos oido hablar de aquel extraño juego, nos dijeron que aquello era peligroso pero excitados por la curiosidad estabamos decididos a abrir una puerta del más allá y conocer a sus supuestos habitantes. Llevamos con nosotros el tablero del juego, velas y todo lo necesario para comunicarnos con el más allá, y con todo, subimos hasta el 6º piso, donde nos encontramos con 3 puertas, la que comunica con el exterior en el tejado, la sala de máquinas del ascensor y la buhardilla, o como nosotros mismos llamábamos “las catacumbas”. Según creíamos en aquella época, los pasillos y habitaciones en lo alto del edificio estaban comunicados entre sí por huecos en las paredes, que a su vez daban acceso a las buhardillas de los otros 21 bloques de toda la urbanización. Esos son muchos cuartos oscuros donde entrar y perderse si no conoces bien el lugar.
Recuerdo que estábamos todos frente aquella puerta de hierro, el instante de miedo que recorría nuestro cuerpo. Parecía que íbamos a cruzar algo más que una simple puerta.
El interior no cuenta con ventanas, tan sólo entraba algo de luz a través de unos pequeños respiraderos en el techo. Donde a veces se oye silbar el viento. Debíamos tener cuidado sobre todo con la cabeza en el momento de pasar a través de los huecos, que se hacían más estrechos y pequeños conforme avanzamos. Finalmente decidimos sentarnos y comenzar a jugar.
Este era uno de los primeros lugares donde jugamos a invocar espíritus, tambien hubo otros, como la casa de un amigo, incluso un viejo cementerio. Pero nada nos asustaría tanto como aquel oscuro laberinto de habitaciones.
El juego comenzó con normalidad, iluminados por la sola luz de las velas en torno al tablero, seguimos al pie de la letra las instrucciones de la caja y tardamos algo de tiempo en concentrarnos pero finalmente parece que alguien consiguió entrar en nuestro cuarto... Según respondía a nuestras preguntas moviendo el vaso por las letras y numeros del tablero, supimos que se trataba de una niña, que era malvada y que queria matarnos a todos.
Según las reglas del manual no se debia abandonar el juego hasta que el espíritu decidiera marcharse, pero aquella vez no fue asi, de hecho, nos llevamos un buen susto. Empezamos a escuchar ruidos y pisadas acercándose hacia nosotros ¡Aquello era real! De pronto, nos quedamos todos callados, tras un insoportable silencio, escuchamos claramente la respiración de alguien y la figura humana de un hombre mayor apareció ante nosotros...
Tengo que decir que en aquel momento, el miedo nublaba nuestra vista y la razón. Pero todos vimos perfectamente aquel señor: vestido con ropa de jardinero, las arrugas en su cara, su pelo gris y sus palabras...... "¡Niñooooos! ¡Qué cojones estais haciendo aqui! ¡Conozco a vuestros padreeees! Me cago en la ostiaaaaaa.... ¡¡FUERA DE AQUI!!!"
Claro, salimos corriendo muy asustados.
Más adelante descubrimos que se trataba del jardinero de la urbanización decidido a expulsarnos de aquella buhardilla. En cualquier caso ya no volvi a intentarlo.
CONCLUSIÓN:
Lo primero y más importante es que personalmente no creo en fantasmas, ni en ángeles, ni en espíritus de ninguna clase. Lo segundo es que el miedo que sentimos fue evidentemente inducido por una serie de circunstáncias, tales como la oscuridad, el poder de auto-sugestión, etc... Para mí nunca pasó del natural miedo a lo desconocido inherente en todos los seres vivos del planeta. No vimos ni escuchamos nada de especial aparte de nuestras voces y algun rumor lejano (en cada bloque viven unas 30 familias). Nunca sucedió absolutamente nada de paranormal.
Lo único realmente peligroso aquí, es que te golpees en la cabeza al salir corriendo. Que tengas un ataque al corazón debido a la impresión del susto (aunque entónces eramos todos unos crios) o que debido tambien al miedo, y en el peor de los casos, tu cerebro se bloquee temporalmente (estado de shock) y desarrolles un trauma psicológico involuntario.
Lo que pretendo decir es que los fantasmas no se aparecen, nos los inventamos nosotros mismos. Lo que realmente nos asusta no es el hecho de presenciar un supuesto espíritu, sino saber si estámos preparados fisica o intelectualmente para jugar a dicho juego y ser capaces de distinguir en todo momento entre lo que es real y lo que es producto de nuestra propia imaginación.
Nosotros solo eramos unos niños que se metieron en el fondo de una buhardilla y básicamente salimos cagados de miedo asustados por el jardinero. |